Primera parte - El arribo.
Con ansiedad miro el reloj de nuevo. Ya es tarde, el Sol está a punto de ocultarse, y me encuentro todavía en el tren de regreso. Hace menos de un cuarto de hora que colgué contigo, pero ya he visto el reloj más veces de las que quiero recordar. Quisiera que el tren fuera más rápido, quisiera que nuestra distancia se acortara con extrema velocidad, pero no es posible, no todavía.
Miro distante el horizonte desde la ventana del vagón, ausente y perdido en mis propios pensamientos. Recuerdo tu tacto, la sensación de tu piel bajo las yemas de mis dedos, mi palma presionando sobre la tuya. Recuerdo tus ojos, profundos y expentantes, como dos lagunas que me provocan vértigo, y un incontenible deseo de caer, un deseo de perderme en ellos y nunca regresar jamás.
La escenografía cambia repentinamente y me doy cuenta de que estoy en la estación. Apresuradamente tomo mi maleta y me dirijo a la salida. Titubeo por un momento en el escalón, y bajo con poca seguridad. Me apresuro al metro, pues quiero llegar primero a casa antes de verte. Mi mente se llena de posibles - saludos, despedidas, gestos y conversaciones. Confundido por mi propia imaginación, estoy a punto de perder el tren que me llevará de regreso al departamento.
El traslado de regreso se me antoja eterno, entonces, para fútilmente distraerme con algo, saco mi libro de la maleta y lo comienzo a leer. Me doy cuenta pronto de que todas las palabras me recuerdan a tí; las veo bailar frente a mis ojos hasta que se convierten en descripciones tuyas, en tu figura y tu presencia. Las letras en el libro me provocan un estupor que me relaja, y antes de que me de cuenta he llegado.
Me bajo del vagón absorto, hoy es un día en el que para variar no me quiero topar con nadie por los andenes y pasillos. Voy rápido, pero inconspicuo, a mi departamento. Entro por la puerta que finalmente se me ha hecho familiar, abro mi cuarto, y dejo la maleta en el suelo. De pronto no sé cómo continuar. Ahora me llega la realización de que finalmente has venido, y me congelo. Los engranes en mi cabeza comienzan a girar con letargo, con cautela, y decido mi siguiente plan de acción.
Ya es de noche y la hora se acerca.
Emilio (23c0n).
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