El suyo era un mundo en el que las ofensas se pagaban con la muerte. Traiciones, coerciones y corrupciones derramaban sangre culpable sobre las calles. Curioso el destino que juega con nuestras vidas con tal ímpetu, que éste sería el escenario de su más grande aflicción.
Su nombre era Casiopea, y era tan bella como las estrellas que pronunciaban tal nombre con su resplandor. Magnánima y generosa, el vaivén de su caminar llenaba de esperanzas hasta a los más pesimistas de los corazones. Era perfecta para él, y su inocencia sería la guillotina que sellaría su final.
Él, por otro lado, era frío y calculador. Portaba la paradoja del hombre cual carga en la espalda, y su paciencia era tal que podía esperar años para recoger los frutos de una treta hacía largo tiempo realizada.
Año tras año, mes tras mes, día tras día había urdido la miríada de detalles que lo llevarían a Casiopea. Sin embargo, no contaba con que sus sentimientos divergirían tan burdamente del camino que sus pensamientos paulatinamente había pavimentado.
Así fue que, justo en el día de la Gran Inauguración, su corazón traicionó a su mente, coerció su razón, y corrompió su voluntad. Volteando hacia Casiopea, lo único que logró hacer fue gesticular una disculpa, antes de que su vida fuera abreviada por un disparo a la sien. Una vez más, el corazón cobró otra víctima en ese mundo tan bizarro que llamamos consciencia.
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