Tengan en cuenta que hoy hace unos minutos subí dos partes que hay que leer antes. No puedo enfatizar lo suficiente que las partes XII y XIII las subí hoy mismo y aparecerán más abajo (usen el menú que dice diciembre a la izquierda para mayor facilidad, haciendo click en el triángulo) y que hay que leerlas primero.
Como de costumbre, les pido sus comentarios. No importa qué escriban, o qué día los escriban, les agradeceré mucho que pongan algo. De preferencia, díganme si les gustó o no (sean honestos), o si les gustó alguna escena, etcétera.
Quiero agraderle a quien quiera que lea esto y desearles también un próspero año nuevo (aunque suene a protocolo). Terminado el último preámbulo, presento los últimos dos fragmentos.
XIV
And reveal to me my true name.
Nightwish, Nemo.
Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.
Jorge Luis Borges, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, El Aleph.
Las puertas del elevador se abrieron: Había llegado. Se encontraba en esa misma terraza enorme de hacía tanto tiempo. El suelo gris y áspero se extendía en todas direcciones, despojado de todo adorno. En cada una de las cuatro esquinas, una débil lámpara iluminaba la desolación a su alrededor. Más allá, todo era un negro absoluto, como si el universo mismo terminara en el borde del edificio. Pero arriba, justo encima de la terraza, la constelación Psi brillaba ominosamente.
De pronto, una figura negra, encapuchada, con una cruda máscara blanca, se reveló ante Ulises.
–Te dije que nos volveríamos a ver –dijo una voz cínica–.
Su voz era la misma de antes: una que Ulises reconocía vagamente, pero distorsionada por la máscara.
–Tú… Tú provocaste todo esto –acusó Ulises lleno de odio–.
–No puedes culparme y así evadir tu responsabilidad, Ulises. Yo sólo he puesto el escenario. Sólo tú eres responsable de las consecuencias de tus acciones –hablaba como si todo le pareciera una broma–.
–Tú me engañaste.
–Es cierto. Yo te dije: he creado este mundo para ti. Pero en realidad, lo único que hice es darle forma. No he añadido ni quitado nada. Este es y ha sido siempre tu mundo, Ulises. Aunque debo admitir que todo salió de acuerdo a mi plan. Porque ella podría haber permanecido contigo para siempre: es tu culpa que se haya ido. En el momento en que dejaste de creer en ella, desapareció.
–Basta. No puede ser que esté discutiendo con un personaje de un sueño. Tú ni siquiera existes.
–Tonto –y la máscara parecía casi reírse–. ¿No sabes que los sueños dicen sólo la verdad? Te conozco mejor que tú mismo. Y soy tan real como tú.
–Solamente dime cómo despertar.
–No me mires con odio, muchacho. Deberías estar agradecido. Te he dado lo que siempre has deseado. ¿Acaso no viviste en un mundo misterioso y caótico, mejor que la estéril realidad mundana? Puse en tu mundo a esa joven, que te convenció de que la vida podía ser mucho más que lo que tú conocías. Tuviste la aventura más grande de tu vida. Pero más importante aún, te di el Drama.
Ulises dudó. Sentía cada vez más intensa la agitada tormenta de las emociones. La confusión, el vértigo, el insoportable desconsuelo y la ardiente ira estallaban en olas enormes, colisionaban unas contra otras y lo hacían perder su determinación.
–Naciste para sufrir, Ulises, para sufrir aunque sea por voluntad propia. Toda tu vida te has preparado para una gran escena dramática. Como tu vida no la ameritaba, tuviste que buscar excusas para sustituirla por escenas menores. Pero ya no tienes que esperar más. Te he dado por fin una razón auténtica para ser un personaje dramático, para sentir que el mundo cae sobre ti y te aplasta.
Ulises sintió que sus fuerzas y sus energías lo abandonaban de nuevo. Esas palabras… Todo parecía ser verdad.
–No –dijo en voz alta para callar sus pensamientos–. Basta. Sólo dime cómo despertar.
–¿Para qué despertar? ¿No has pensado que lo que no puedes tener en este mundo, tampoco lo puedes tener en el otro? Pero no despertarás. No mientras yo lo impida. Yo tengo ese poder.
Ulises miró sus vacíos ojos.
–¿Qué eres?
–No, Ulises. La pregunta correcta es quién soy. Yo soy tu peor enemigo.
–¿Te parece muy di-…?
–Sí, me parece muy divertido. Y no desprecies los sueños. Son más reales que el crudo mundo de la vigilia. ¿Insistes en volver a él? Tan idealista, tan predecible que eres... No has cambiado ni un día. Pero hay una manera –la máscara sonrió, con una mueca horrible–. Para despertar tendrás que derrotarme.
El enmascarado tronó los dedos y de inmediato se materializaron dos enorme vitrales; uno detrás de cada quién. Ulises sintió nauseas al ver el suyo. Cada vez se sentía más extraviado en este intrincado sueño, si es que lo era. Ahora estaba parado frente a gran colección de armas medievales: Espadas, escudos, lanzas, arcos… Se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Las emociones se agitaban dentro de él como olas tormentosas.
De repente, tomó furioso una espada. Le seguiría el juego. Sintió deseos de vengarse, tuviera esto sentido o no. ¿Qué otro peligro podría amenazarlo en este sueño? Si lo herían, probablemente despertaría por fin.
Dio media vuelta para mirar al enmascarado, que corría hacia él con otra espada. Trató de defenderse, pero fue muy lento. Su enemigo le tumbó la espada con un golpe seco de la suya, pero en vez de herirlo, le propinó un puñetazo en el estómago. Ulises cayó de costado al suelo y se retorció de dolor. Pero no despertó. El dolor era real. El golpe le había sacado el aire y no podía respirar. Se había raspado en la caída y su codo sangraba.
–Tonto. ¿Creíste que sería tan fácil escapar de mí? –se burló el otro con aire de superioridad–. No importan tus decisiones, no importa que intentes actuar o no. En este mundo y en todos, no puedes influir en nada, no puedes alcanzar el alma de otra persona, no puedes elegir el curso de tu vida. Sólo puedes mirar. Eres un prisionero. Eres el Espectador.
Un silencio completo ahogó el mundo. El peso de las palabras había caído sobre Ulises como una condena. Inmóvil, el enmascarado lo observaba, portando una espada en una mano y un par de grilletes en la otra. El viento hacía ondular levemente sus ropas. Ulises estaba en el suelo, paralizado.
–Hay dos tipos de personas en el mundo: Los fuertes y los débiles. Los primeros vencen todos los obstáculos, son inmunes a la humillación, no dejan que los detalles arruinen su felicidad, caminan sin mirar atrás. Se adaptan perfectamente al mundo, por cruel que sea. Tú, en cambio, eres inepto para la vida y de te avergüenzas de ello. Acéptalo, Ulises: Eres débil. Incluso las tribulaciones de la vida cotidiana son demasiado para ti. No puedes vencer la corriente y te arrastra. No eres el protagonista de tu vida. ¿Para qué despertar? Aquí puedes tener todo lo que siempre has querido. Incluso a ella. Puedes hacerla regresar.
Ulises rodó hacia un lado y se incorporó. No le quedaba nada en ninguno de los mundos. Pero no le daría al otro el gusto de ser derrotado. Sabía que perder en este mundo significaba su derrota definitiva e irrevocable. Tenía que ganar en su propio sueño. Y tenía que hacerlo con la única arma que posee uno dentro de un sueño: La posibilidad de manipularlo si su voluntad es lo suficiente fuerte.
Ulises miró su espada en el suelo y la imaginó volar hasta su mano. En ese mismo momento la espada se levantó y trazando una curva llegó hasta su destino.
–Muy bien, Ulises. Ahora sí será divertido.
La figura oscura avanzó hasta él y golpeó con su espada. Ulises lo desvió con otro golpe. Combatieron así unos segundos. De pronto el enemigo en un movimiento rápido esquivó un ataque y con una patada empujó al joven hacia atrás. Éste se tambaleó y retrocedió hasta recuperar el equilibrio. Después, la figura soltó su espada y a su mano voló desde el vitral una vara corta de metal, de cuya punta surgía una cadena que terminaba en una bola de metal con picos. De inmediato la hizo girar a su alrededor, protegiéndose con ella y a la vez avanzando amenazadoramente hacia Ulises. Éste se vio forzado a retroceder y de pronto se encontró en el borde de la terraza.
–Perfecto –dijo el enmascarado–. Terminaremos justo igual que como empezamos.
En ese momento extendió su brazo hacia delante, dirigiendo la bola hacia Ulises. Pero Ulises se lanzó hacia el enemigo, rodó pasando por su costado y se incorporó al otro lado. Entonces, aventó su espada hacia él. El otro logró esquivarla, pero tuvo que soltar la vara con la cadena. El arma voló y cayó fuera de la terraza. En se momento, Ulises cargó hacia el enmascarado y juntó toda su voluntad en su puño. Antes de que éste pudiera defenderse, el joven había llegado hasta él y le devolvió el puñetazo en el estómago que antes había recibido. La silueta negra se elevó en el aire con el impacto y cruzó la frontera de la terraza. Al bajar, desapareció en la oscuridad.
Ulises, respirando agitadamente, se acercó hasta el borde y miró hacia abajo. La negrura se volvía completa de inmediato. No había señales de su enemigo.
Aún tenso, caminó hasta el centro de la terraza, donde estaban los vitrales, esperando a que algo sucediera. Se sentía acechado. Avanzó hacia su propio vitral, dándole la espalda al otro. En ese momento, alguien lo atacó por la espalda. Sintió que alguien jalaba sus brazos hacia atrás y el contacto frío de metal en ellos. Entonces tropezó. Cayó al suelo, pero no pudo parar su caía con las manos: Unos grilletes las sostenían juntas atrás. Después golpear contra el suelo, rodó media vuelta y vio al enmascarado tratando de atrapar también sus pies. Pateó desesperadamente hasta que logró rechazarlo. Entonces rodó de costado lo más rápido que pudo y, temblando, se levantó.
–Ya te lo dije una vez, Ulises. No te puedes deshacer de mí tan fácilmente.
El enmascarado se paraba erguido ante él. Mientras tanto, Ulises sentía sus rodillas y codos sangrar. El miedo volvía y se apoderaba lentamente de él. Su enemigo llevaba otra arma en la mano: Un anillo de metal del que surgían tres cadenas en estrella. Al final de cada una se sostenía una esfera lisa de madera. Ulises corrió pero no sirvió de nada: el artefacto fue lanzado y llegó hasta sus piernas, que fueron torcidas y enredadas por las cadenas y golpeadas por las bolas de madera. Nuevamente cayó al suelo, esta vez de espaldas. No podía moverse.
–¿Para qué quieres ganar, Ulises? Te conozco mejor que tú mismo. Si regresaras a tu vida anterior, la encontrarías de nuevo vacía y sin sentido. Estás solo y siempre lo estarás. Porque tú quieres vivir de esa forma. Tú no deseas la felicidad porque sientes con ella dejarías de ser lo que te hace ser tú mismo.
Ulises ni siquiera intentó forcejear. Se quedó quieto, en silencio. El enmascarado continuó.
–Todas las personas crean para sí mismas uno o varios arquetipos. Éste es un personaje que los emociona o conmueve, porque tiene todas las características que han idealizado. Algunos prefieren el personaje frío y calculador, que dice frases complejas que nadie más entiende. Otros el valiente, aventurero y social, siempre intentando cosas nuevas, con un novedoso estilo de vestir y hablar. Muchos son guiados por su arquetipo y desean ser como éste, incluso creen serlo, ignorando que muchas de sus acciones no lo reflejan.
La luz brillaba sobre la lisa máscara.
–¿Quieres saber cuál es tu arquetipo? El muchacho modesto y solitario que camina a la orilla del mar en medio de la noche. Que prefiere pasar desapercibido, que se aleja de las multitudes, que se siente solo y hueco, buscando un propósito en un universo seco y mundano, siempre tratando de ser racional y objetivo. Algunas características las tienes y otras no. Pero en una novela, todo protagonista tiene que cambiar y en el desenlace puede que deje se ser solitario o encuentre su propósito, su destino. Pero entonces deja de ser interesante, deja de reflejar tus altos ideales.
El encapuchado se agachó y miró a Ulises en la cara.
–Te diré esto una sola vez: Estás obsesionado por tu arquetipo, amas esa agridulce emoción de la melancolía, te conmueve demasiado la sensación de la soledad y de estar perdido; las prefieres sobre la felicidad o la alegría. Por eso no puedes cambiar: Muy dentro de ti quieres ser por siempre igual. Deberías estar agradecido porque ahora yo te he dado una razón para sentirlas. Sabes que jamás encontrarás alguien como ella y que siempre vagarás por el mundo lejos de lograr tus metas, porque no tienes control de tu porvenir. Ya te lo he dicho: Eres, ahora y siempre, el Espectador.
Ulises permaneció en silencio unos segundos. ¿Era verdad lo que decía? Ya no estaba seguro de nada. ¿Qué pasa cuando nos privan de la autenticidad y validez de nuestros propios sentimientos y emociones? Quería que esto se acabara.
–Ahora, Ulises, morirás por tu propia espada –levantó la mano y la espada de Ulises, tirada en algún lugar, voló hasta ella–. No es tan malo. Si te destruyo aquí, vivirás para siempre encerrado en este mundo.
–¡No! –gritó Ulises–.
Recordó que la espada de su enemigo también estaba tirada. La hizo moverse en el aire y atacar al enmascarado. Éste retrocedió un par de pasos mientras se defendía. Pero de pronto hizo un movimiento rápido y la asió con su otra mano. Ulises ya no la pudo controlar.
–Mi voluntad es más fuerte que la tuya –se burló, mientras blandía las dos espadas–. ¿No has entendido que no puedes derrotarme?
Su contrincante estaba amenazadoramente erguido, con su capucha ondulando ligeramente con el viento, su máscara reflejando luz blanca. A cada lado de él, a una distancia de siete metros, estaban los enormes vitrales de madera, repletos aún de armas sin usar. Él estaba justo en medio de ellos. Ulises, encadenado y desesperado, intentó moverlos. Se levantaron un centímetro del suelo.
–Un intento patético –dijo la voz burlona–.
La silueta oscura dio un paso hacia delante. Y en ese momento, los dos muebles se lanzaron contra él con velocidad sónica. Un instante después, colisionaron uno contra otro como un par de cometas, con el enemigo en medio, en una explosión de madera, vidrio y metal. Se levantó una nube de polvo y astillas.
El sonido finalmente murió. Entonces vino un poderoso viento que barrió con el polvo, con las astillas, con cada trozo de madera y con cada pieza de metal. Las cadenas y los grilletes que sujetaban a Ulises desaparecieron. Después, el viento se debilitó y expiró.
Ulises se incorporó y miró alrededor. La terraza se encontraba de nuevo desierta, excepto por ellos dos. El muchacho caminó hasta el sitio de la explosión. Una figura negra yacía en el suelo boca arriba. A su lado estaba la máscara, partida en dos. Se hincó a un lado y retiró la capucha para ver la cara. En el instante justo antes, comprendió qué es lo que vería. Y sin embargo, esto no amortiguó el terrible golpe de aquella revelación.
Esa nariz, esas cejas… Era el rostro cuyos ojos jamás había visto cerrados. Pero entonces se abrieron débilmente y de esa boca escuchó su propia voz hablar.
–Siempre son más interesantes los villanos, ¿verdad?
Y los ojos se cerraron de nuevo.
El muchacho le puso la capucha de nuevo, cogió las piezas de la máscara y cargó el cuerpo inerte. Caminó hasta el borde de la terraza y, solemnemente, los dejó caer. Las lámparas se apagaron y la constelación Psi brilló más intensamente que nunca. Bajó del cielo y se materializó en una pequeña llave con la misma forma, aterrizando en el centro de la terraza. Ulises la tomó, la guardó en su bolsillo y el cielo se volvió normal, con las estrellas de siempre brillando en el lugar correcto.
Entonces, a un lado del edificio, vio la altísima torre blanca de aquel primer sueño, de la cual había caído, más alta que cualquier construcción. En esta noche, él había perdido tanto que se sentía ligero. Miró hacia la torre blanca en la que todo había empezado. Abrió los brazos y sin impedimento alguno, comenzó a volar.
XV
Still I write my songs
about that dream of mine,
worth everything I may ever be.
Nightwish, Ghost Love Score.
Cuando miré mi propio rostro en el cuerpo de mi enemigo, creí que comprendía todo al fin. Al regresar a la torre y acostarme en la cama, esperaba volver definitivamente al mundo exterior, al mundo de la vigilia. Me gustaría decir que todo, absolutamente todo, fue un solo largo y elaborado sueño. Pero desperté en un lugar en el que diciembre sí había llegado, en el que mis reuniones con mis amigos habían ocurrido, pero en el que ella no había existido. En vano he tratado de distinguir qué partes de mi vida las viví en sueños y qué partes despierto.
Porque ahora me encuentro perdido en el vertiginoso océano de realidades. Observo mi existencia como una sucesión interminable de etéreas escenas. El mundo que siempre creí verdadero parece cada vez más vago y lejano, mientras que los otros son cada vez más concretos y presentes. Estoy en un barco a la deriva, arrastrado por las corrientes arcanas de la ilusoria Realidad. Sólo las estrellas brillan desde atrás del Velo. La línea entre el sueño y la vigilia ha desaparecido y nunca sé si estoy despierto o soñando. ¿Habrá alguna diferencia?
Como un náufrago lanzo este texto al mar dentro de una botella: Sin saber dónde estoy ni a dónde llegará. Me pregunto si alguien lo encontrará algún día en una costa lejana, en alguna de las infinitas realidades de este océano. Y sin embargo, no me queda esperanza de ser rescatado, porque las cadenas del destino son lo que me ata a mi nave.
Si les he relatado mi propia historia como si le perteneciera a otro, es porque ha sido necesario. No me disculparé por ocultarme detrás de un narrador. Todo ha sido real. Yo he luchado contra mis demonios internos, yo he visto mi propio rostro con los párpados cerrados. Me he perdido entre los mundos de la vigilia y el sueño y quizá en otros más. Yo soy Ulises. Yo soy el Espectador.
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