lunes, diciembre 31, 2007

El Espectador, partes XII y XIII

Aquí está la penúltima entrega. La última ya está lista y la subiré en unos minutos (prometí tener todo antes de año nuevo y lo voy a cumplir, aunque sea para mí mismo). Les pido por favor que pongan comentarios en ambas si les parece. No se preocupen por la fecha en que los pongan, como quiera los leeré. Pueden ser lo que sea, incluso un anónimo diciendo "Lo leí" (o "No me gustó"). Se los agradecería mucho (aunque ojalá sí les guste). Acabado el preámbulo, les presento casi el fin del relato.


El Espectador

XII

Las estrellas brillan a través del Velo.

Aquí la historia de Ulises se vuelve borrosa. Aquél día de diciembre, Ulises miraba la caída de la noche a través de la ventana de su cuarto y se preguntaba cómo había llegado él a este momento.

Después de ese sueño sobre el sol negro se juró a sí mismo que buscaría a Lucero, que pasaría con ella todo el tiempo posible. El siguiente viernes invitó a sus amigos a su casa y se aseguró de que acudiera ella. Al hacerlo, sintió esa emoción extraña, mezcla de ligereza, vértigo y orgullo, que se siente cuando uno realiza una jugada deliberada para estar con alguien. Esta sensación se intensificó cuando la invitó al teatro de la universidad con la excusa (aunque no falsa) de que cierto amigo suyo aparecería en el escenario.

De pronto se sintió capaz de cualquier cosa. Si pudo invitarla al teatro, podía también salir con ella sin más excusas. Por primera vez, se convirtió en el protagonista de su propia vida. Con ella se sentía libre.

En eso pensaba esa noche de diciembre mientras miraba por la ventana. Habían pasado dos meses desde que la conoció. Ahora, las clases se habían acabado y sentía el vacío repentino de no tener nada qué hacer. Pero en esta noche no importaba. Unos minutos antes había hablado con ella: Irían a caminar al parque de su colonia.

Salió de su casa y caminó bajo la noche fresca. Pensaba todavía en cuánto había cambiado desde que la conocía. Por un momento, sintió nostalgia por su yo de antes. ¿No son acaso la tristeza y la soledad más bellas y conmovedoras que sus contrarios?

Llegó hasta casa de Lucero y desde allí caminaron hasta el parque. Como estaba en las faldas del cerro, el parque era desnivelado y su parte más alta tenía vista sobre la colonia, sobre la ciudad y más allá. Hablaron de cosas irrelevantes en el camino. Pero al sentarse sobre una banca, los dos contemplaron en silencio el paisaje sin mirarse.

Parecía perfecto como una pintura bien planeada. En primer plano, el parque se extendía delante de ellos por el inclinado terreno. Del suelo cubierto de hojas secas brotaban unos cuantos árboles con sus ramas extendidas hacia el cielo. A los lados, casas con ventanas iluminadas se formaban en fila a lo largo de la calle. Más atrás, se podía ver la ciudad destellar con sus mil puntos de luz. En el fondo, unas montañas grises ocultaban el horizonte. Y cubriendo el mundo como un manto, el cielo negro y despejado dominaba la escena. La oscuridad ahogaba la tierra como un velo, pero en las alturas destellaban las estrellas como piedras preciosas, joyas puras diseminadas al azar por el universo.

–Es verdaderamente hermoso –se escuchó de la suave voz de la joven–.

Ulises la miró por un momento. Sus pequeños y cortos rizos rojos pendían cerca de sus mejillas. Su miraba reflejaba la luz de los cielos, sus ojos eran el agua del mar en la noche estrellada. En un movimiento lento, ella los dirigió hacia él.

¿Qué pensaría Lucero sobre él? Se sintió invadido por esa mirada dulce y fascinante que lo traspasaba, que lo cegaba borrando todo el universo hasta que sólo existía ella.

–¿En qué pensabas al mirar el cielo? –preguntó esa bella voz. Él dudó por unos segundos–.

–En muchas cosas. En todo al mismo tiempo. –Ulises desvió la mirada, pero al instante se arrepintió. Con voz suave, continuó–.

–¿Te ha sucedido? Cuando veo la noche estrellada, siento que la vista me consume, pero no puedo sostenerla mucho tiempo.

La voz perdió fuerza hasta volverse casi un susurro.

–Me… Me perturba. Porque me hace sentir que… Que me falta algo. Y las Preguntas me inundan. Y cada vez me siento más lejos de contestarlas.

Pasaron unos segundos en los que el único sonido era el del oscuro viento rozando las ramas de los árboles.

–Lo sé –comenzó ella a responder. Su rostro se dirigía a veces a él, a veces a la noche–. Yo también creo a veces que estoy incompleta. Pero he descubierto algo, Ulises. Algunas Respuestas sí existen. Y son más misteriosas que las Preguntas, porque no corresponden a ninguna, pero a la vez, a todas.

Ulises no dejaba de mirarla. La necesitaba. Suplicaba desde lo más profundo que este momento durara para siempre.

–Pero para encontrarlas hay que buscar, Ulises. Sólo así las encontrarás o llegarán a ti. Pero tienes que ir más allá. La Respuesta está dentro de ti y sin embargo tienes que salir del mundo de siempre para que se manifieste.

Ella hablaba con una convicción apasionada. Con una sabiduría propia. Hablaba como sólo se habla de aquello que ha sido la base de su vida. Ulises sintió la verdad clavarse como una flecha en su pecho. Pero de ella surgía de pronto una alegría profunda que lo redimía.

–Entonces, ya he iniciado el viaje. Esta noche he encontrado una Respuesta.

Le ofreció su mano derecha, tomando valentía de esta fuente nueva y desconocida. Ella lo miró a los ojos y sonrió apaciblemente, mientras colocaba su mano izquierda sobre la de Ulises. Cuando él la tomó suavemente, ella recargó su cabeza en el hombro éste. Ahora miraban las estrellas, pero ya sin pensar en éstas.

El paisaje era una obra maestra. El universo era perfecto.




XIII

Torment in the dark was the danger that I feared, and it did not hold me back. But I would not have come, had I known the danger of light and joy.

J.R.R. Tolkien, The Lord of the Rings.

Sería tan fácil cortar el relato en este punto y a veces he pensado que me gustaría hacer tal cosa. Pero entonces, lo que ocurrió después sería traicionado y relatarles la historia de Ulises habría sido en vano. No me queda más opción, en ese caso, que continuar desde el punto en que la interrumpí.

Tomados de la mano, la cabeza de ella sobre el hombro de éste, miraban las estrellas. Una constelación llamó la atención del hombre joven. Era, repentinamente, la única constelación visible; todas las demás estrellas habían desaparecido. Una línea recta de puntos luminosos marcaba el cielo, atravesada por un semicírculo con sus brazos abiertos hacia arriba: La constelación Psi Ψ. Algo se movió dentro de su memoria: La había visto antes. Estaba seguro; esa ominosa formación significaba algo. Psi, psicología, psique, mente…

Entonces lo recordó: La vio una vez, parado sobre la terraza vacía de un edificio. Una vez que estaba solo, rodeado de oscuridad. La había visto en aquella ocasión.

La había visto en un sueño.

Esto es un sueño –dijo con tono sepulcral.

Se levantó de la banca repentinamente y sintió cómo sus dedos perdieron la mano de la joven. Giró y la miró intensamente. Tembló, perplejo y tenso, unos segundos, mientras trataba de comprender. Por un instante, ella pareció pálida y transparente, como si la luz pasara a través de ella. La abrazó. O quiso hacerlo. Cuando se cerraron sus brazos, ella se disolvió en el aire.

Sintió que un pedazo de él moría. Sus rodillas fallaron. Estaba solo. Cayó al suelo. Ella era un sueño. Quiso gritar su nombre: de su garganta no salió voz. Ella siempre fue un sueño. Se levantó, trató de buscarla. Ella no existía.

Estaba solo. Más solo que antes. Más solo que nunca. Caminó en círculos, trató de aferrarse a algo, pero ella no estaba. Como una ola inmensa, lo arrastró la desesperación. Sintió que se borraban sus recuerdos de ella, recuerdos que ahora él sabía que nunca habían ocurrido.

El cielo se iluminó: Inmensas rocas incandescentes del tamaño de una casa caían una tras otra. Una se impactaba contra un edificio a lo lejos y los escombros volaban por el aire, otra tumbaba un puente. Destruían todo. Pero no importaba. Todo era un sueño. Un maldito sueño. Ella había sido el sueño más hermoso. Pero a la vez, un sueño enviado para decirle lo que ahora era obvio: él no estaba destinado a la felicidad. Sólo a un destello fugaz de ella, una luz breve para mostrarle lo que jamás podría alcanzar. Estaba condenado a la soledad, a ser infeliz, a ser miserable.

Las bolas de fuego cesaron y en su lugar la lluvia comenzó a caer. Pero nada importaba. No había con quién compartir su desesperación, no había a quién contarle su angustia. El agua lo helaba como si fuese verdadera y él temblaba inconteniblemente, apoyado sobre el suelo con sus rodillas y manos, mientras se entumecían sus dedos. No había quién lo acompañara por el mundo, ningún alma con la cual enlazar su destino. Estaba solo.

Miró hacia la ciudad. Se hallaba destruida. Las bolas de fuego la habían pulverizado y calcinado. Las llamas ahora se extinguían en la lluvia. ¿Por qué no terminaba de una vez ese maldito sueño? Las gotas en sus brazos y el frío no eran más auténticas que el éter o la constelación Psi. Y sin embargo, eran insoportables. ¿Acaso eran reales?

Dejó de llover. En la ciudad quedaba un edificio intacto. Un edificio rectangular, con una enorme terraza plana y un poste de luz en cada esquina, justo bajo la luz de la letra Psi.

No despertaba. El mundo se veía completamente concreto y sólido a su alrededor. Estaba enloqueciendo, eso era seguro. Pero ahora, viendo el edificio, sabía qué tenía que hacer.

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