lunes, octubre 29, 2007

El Espectador, partes 8 y 9

Finalmente publico otros dos fragmentos. La parte 8 es corta, pero la parte 9 es algo larga así que mejor léanla con calma. Además ésta es una de las dos o tres escenas más importantes y hasta ahora la que he hecho con más cuidado, así que espero que les guste.
Les pido por favor que escriban algún comentario, al menos para decir si les gustó o no. Por supuesto, necesitan haber leído las partes anteriores. La última fue en agosto así que asegúrense primero de haber leído esos fragmentos.
Sin más preámbulo, presento lo siguiente.


El Espectador

VIII

Leonor abrió la puerta. A su lado estaba una joven de la edad de ellos que Ulises no conocía.

–¡Ulises! Qué bueno que pudiste venir. ¿Cómo te fue con tu trabajo?

–Pues bien… Realmente me sorprende haberlo terminado a tiempo. Esperaba tardarme varias horas más.

Te presento a Lucero. Lucero, Ulises.

Mucho gusto dijo Lucero con una sonrisa.

Igualmente-, respondió Ulises.

Lucero tenía una belleza natural. Su cabello rojo anaranjado, a penas rizado, bajaba suavemente hasta sus hombros. Sus ojos eran claros, tal vez grises, o azules, o verdes… Ella le sonrió de nuevo y Ulises le devolvió la sonrisa, avergonzado, tratando de desviar la mirada lo más pronto posible.

Los tres se dirigieron a la sala, donde la mayoría de sus amigos ya estaban. Entonces Leonor y Lucero entraron a la cocina; tal vez estaban preparando algo. Ulises saludó a sus amigos y se sentó en uno de los sillones. Al principio se quedó con ellos mientras discutían sobre películas. Pero poco a poco comenzó a hablar menos, hasta que se quedó mirándolos y escuchándolos solamente.

Cuando algunos salieron al patio a entretenerse con juegos de mesa, los acompañó. Pero no sirvió de nada: Después de un rato, Ulises se hartó y comenzó a vagar de un lado a otro. No podía divertirse. Sentía que le faltaba algo. Una terrible ansiedad ardía dentro de él, la desesperación lo ahogaba y no sabía por qué. Los minutos pasaban y no cambiaba nada.

Después de la cena, las cosas continuaron igual. En contraste, Lucero parecía encajar perfectamente en el grupo. Ella conversaba con unos y otros, como si conociera a todos desde antes.

Nuevamente, Ulises trató de unirse a alguna conversación y se sentó en uno de los sillones libres. Pero no podía hablar. No sabía qué decir. Los demás charlaban y reían. Y mientras más reían, más desdichado se sentía. Estaba desperdiciando su oportunidad de divertirse.

Tuvo una visión: Ellos eran un cuadro, una pintura. Y él sólo podía mirarla desde afuera, contemplar lo que tanto deseaba, incapaz de entrar en ella. Estaba condenado a perder esos momentos preciosos que un día ya no podría tener, a anhelar desde lejos lo que los demás sí tenían.

Cerró los ojos. No podía permitir esto. Él había venido aquí a divertirse, no a sufrir. Sólo tenía que hacer un esfuerzo, obligarse a fingir que estaba alegre hasta que realmente lo estuviera. Pero entonces la alegría parecía tan hueca, tan intrascendente, tan carente de sentido…

Le faltaba algo, algo tan importante que su ausencia lo hacía sentirse vacío. Algo cuyo fantasma le robaba la esencia a todas las cosas. ¿Qué tenían ellos que él no?

Repentinamente, uno de sus amigos tuvo que irse. Leonor y Lucero lo acompañaron hasta afuera para despedirse y Ulises los siguió. Alcanzó a despedirse de él y entonces se quedaron los tres solos.

Un instante de paz: El silencio, la penumbra de la noche. Frente a ellos, tres escalones conectaban la calle con la casa. Sin pensar, Ulises se sentó en la orilla izquierda del segundo escalón y miró hacia la montaña. Siguiéndolo, ellas dos se sentaron en el escalón de arriba; Leonor casi detrás de él y su amiga en la orilla derecha. Por un momento, el trío contempló la noche en silencio.

De improviso, el teléfono de la casa sonó y Leonor entró a contestarlo. Pero Ulises no quería entrar aún. Si iba a estar solo, prefería estarlo afuera que adentro. Sí, esperaría a que Lucero entrara. Sin embargo, los segundos pasaron y la joven no se movió.



IX

“We’re all alone, aren’t we? Each one of us. Quite alone”. He asked: “Old boy –how does one reach another human being?”

C. P. Show, The Light and the Dark

Las estrellas destellaban suavemente en el cielo oscuro. Un viento fresco mecía las ramas de los árboles. Frente a los dos jóvenes sentados, las calles curveadas rodeaban las cuadras mal planeadas de la colonia. En intervalos muy espaciados, los postes de luz en vano trataban de iluminarlas; sus destellos morían a penas a un par de metros de su fuente, formando débiles círculos.

De repente, Ulises se dio cuenta de que él, inconscientemente, había querido estar con ella, sin creerlo posible. Pero qué importaba; no la conocía y después de saludarla no le había vuelto a hablar. Además, en cualquier momento ella se levantaría, entraría a la casa y él se quedaría solo. Pero al menos podía intentar decir algo. Sin pensar qué quería lograr, comenzó:

–Es la primera vez que vienes con nosotros a una reunión de Leonor, ¿verdad?

–Sí. La conozco desde siempre, pero me acabo de mudar a esta colonia.

–¿Vivías muy lejos?

–En España. Es decir, vivía en España y luego nos mudamos a esta ciudad, pero temporalmente vivimos en unos departamentos muy lejos de aquí, hasta esta semana.

Su cabello irradiaba una difuminada luz roja. Su tez clara resplandecía en la oscuridad. Ulises, sin saber qué estaba haciendo, continuó la conversación.

–Vaya... Yo nunca he ido a España. De hecho, siempre he vivido aquí.

–Tu ciudad me gusta. En ningún lugar donde he vivido estaban las montañas tan cerca de mi casa.

–¿En dónde has vivido?

–Aquí, cuando era pequeña. Luego estuve en Argentina dos años. Luego en España otros tres. Veníamos todos los veranos, pero ahora ya nos vamos a quedar aquí, espero.

Después, Ulises ya no supo qué más decir. Esperó a que ella hablara, pero no lo hizo. Hasta aquí llegaba todo. Como fuera, había sido su conversación más larga de toda la noche. Los segundos pasaron, largos e incómodos. ¿En qué estaba pensando? Era obvio que esto habría de pasar. Su depresión se acentuó. Con un ánimo cada vez más negro, miró hacia lo alto.

La silueta de la montaña se delineaba contra el fondo negro del cielo. Una sola nube gris se desplazaba lentamente, arrastrada por el viento. Y las estrellas brillaban desde lejanías inimaginables, joyas misteriosas e indiferentes, eternas, atemporales, silenciosos centinelas del universo. ¿Qué profundos secretos guardaban? Él no podía dejar de mirarlas, su belleza lo hechizaba. Olvidó la reunión, la universidad, olvidó el presente. Pensó en los insondables abismos de vacío entre un astro y otro. Y las palabras surgieron solas en su mente: “El universo es un enorme abismo de vacío. El universo está hueco. Yo estoy hueco”.

Pero ella lo había estado observando y preguntó:

–¿Te encuentras bien? Adentro te veías un poco apagado…

Ulises volvió en sí y respondió, intentando fingir.

–Sí. Sólo estoy un poco cansado.

–Entiendo…

Un par de segundos transcurrieron.

–¿Eres de los que miran las estrellas? –preguntó ella repentinamente.

Sorprendido por la inesperada pregunta, el muchacho tardó en contestar.

–Sí… En todos los sentidos, sí.

Miró a su derecha y atrás: Ella observaba el cielo, con una expresión de calma. Sus ojos reflejaban el cielo como el agua en el mar. ¿De qué color eran? Lucero giró su cabeza, le devolvió la mirada y sonrió. Era una sonrisa sencilla y honesta. Una onda cálida recorrió el pecho del joven. Pero Ulises no pudo sostener su mirada mucho tiempo y levantó la vista hacia las estrellas nuevamente. Sin embargo, sintió la necesidad de continuar la conversación, sin saber realmente qué se proponía.

–¿Por qué?

–Porque siempre me he preguntado qué es lo que otros ven en las estrellas. ¿Por qué te gusta mirarlas?

Ulises quedó desarmado y mudo. Más de una vez se había preguntado eso, pero no sabía con palabras la respuesta. Además, era una pregunta demasiado personal. ¿Qué debía responderle? Sabía que si intentaba honestamente contestar esa pregunta, terminaría revelando demasiado de sí mismo. Y sí, tenía tantos deseos de hablar de todo, de desahogarse… Hasta ahora entendía que toda la noche había estado buscando eso: alguien con quien hablar. Pero, ¿era ella la persona adecuada? Ni siquiera la conocía. Por otro lado, ella parecía genuinamente interesada. ¿Qué debía hacer? Los segundos transcurrieron sin una sola palabra.

–No te preocupes –dijo finalmente Lucero, un poco apenada–. A veces soy muy brusca con mis preguntas. Es que me gusta mucho conocer personas nuevas, pero a veces exagero… –Se levantó lentamente.

–Espera –oyó Ulises de su propia voz–. Sólo estaba pensando cómo responder. Es difícil de explicar…

Lucero se sentó de nuevo, un escalón más abajo –el mismo escalón en que él estaba sentado.

–Es curioso, –prosiguió el joven con una voz más suave– pero mirar las estrellas no me tranquiliza, como a otras personas. Me recuerda que nuestra ciudad, nuestras obligaciones mundanas, incluso el orbe entero, no son todo el universo, que hay algo más allá, a lo que nunca prestamos atención… –Dudó un momento–. ¿Sigues alguna religión?

–No importa si lo hago o no, no te preocupes por eso. Di todo tal cual lo creas.

–De acuerdo… –Respiró profundamente una vez–. Entonces, si no hay un Dios, si no hay Alguien interfiriendo con la causalidad, entonces somos un azar, un grano de arena perdido en este enorme mar de vacío, en una de las innumerables galaxias. Hemos sobrevivido por mera suerte y adaptación a un mundo indiferente u hostil. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué soy? ¿Tengo un destino? –Levantó la vista.

–Mira el cielo: ¿Cuánto crees que haya cambiado ese paisaje en los últimos miles de años? Virtualmente nada–. Las palabras de Ulises se llenaron de pasión–. Por miles de años, nuestros antepasados se sentaron bajo el mismo cielo estrellado y se hicieron las mismas Preguntas. ¿Encontraron alguna Respuesta? No nos lo pueden decir. Tenemos que descubrirlas nosotros mismos, si es que alguna existe, si es que se pueden encontrar. Las estrellas nos recuerdan que somos insignificantes. Las estrellas nos recuerdan que estamos incompletos.

–Y a la vez, –añadió suavemente– sigo sin entender realmente qué significan. Por eso son tan profundamente bellas…

Ulises quedó mirando hacia lo lejos, sin atreverse a voltear hacia la joven. Un minuto de silencio prosiguió a sus palabras, apenas interrumpido por el rozar de las ramas con el viento. A su alrededor, el manto de la noche ahogaba el mundo en colores oscuros.

Jamás había sido elocuente en su vida y sus propias palabras lo asombraron. ¿Cómo había dicho todo eso? En definitiva, ya no entendía qué estaba sucediendo. Pero no le importaba. Porque el peso del mundo le parecía un poco menor, ahora que había dejado salir parte de lo que por tanto tiempo lo había atormentado. La carga volvería, no cabía duda, pero por ahora era más fácil de soportar. Sin saber que más sorpresas traería la noche, dirigió su vista hacia la joven.

Sus ojos reflejaban la luz de las estrellas. Su cabello refulgía en la oscuridad. Cuando ella lo miró, él dudó un momento, pero entonces descubrió que la mirada era de admiración.

–Nunca había escuchado a alguien decir algo tan profundo… Las estrellas, el mundo, todo es un gran enigma.

Su voz era sutil como el aura de la luna, como una gota de agua, como la luz reflejada en su tez.

–No suelo decir cosas así…

–Es tan bello cuando puedo hablar así con alguien. Casi nadie quiere hablar o siquiera pensar en las cosas… En las cosas que realmente importan.

–Pero es muy difícil… De hecho, no puedo creer que haya hablado así, con alguien que no conocía.

–Entonces piénsalo como un experimento. ¿Qué puedes perder?

Ulises la miró intrigado.

–No me digas que nunca has deseado hablar libremente con alguien, sin temor a que te juzguen –dijo suavemente la joven–. Esta es tu oportunidad. Somos dos desconocidos y podemos serlo para siempre. O puedes dejarte conocer por alguien más.

–Tienes razón…

Respiró profundamente. La intensidad del momento era casi asfixiante. No entendía cómo era posible que él formara parte de esta escena.

–Es tan improbable que estemos aquí, hablando los dos –afirmó Ulises casi con temor a que todo se deshiciera–. Hoy en la mañana estaba en un edificio de la universidad, mirando desde el cuarto piso, como si la vida fuera una película en la que nunca me sucede nada. Tuve que terminar un trabajo antes de venir aquí y no entiendo cómo lo hice a tiempo. Era más probable que no lo hubiera acabado. Tú te mudaste a la colonia sólo esta semana y Leonor hizo una reunión hoy. Y eso todavía no sería razón suficiente para que estemos aquí afuera hablando.

–La vida está llena de sorpresas –contestó ella sonriendo.

–Siempre he pensado que si el mundo fuese como una película o una novela, yo sería un personaje muy aburrido. Siempre son los aventureros o los villanos los personajes interesantes o entretenidos. Nunca hago ni me sucede nada remarcable.

–¿Por qué?

–No lo sé… Estoy atrapado en mi vida actual. Soy el mismo, todos los días; no puedo cambiar. Cometo los mismos errores, soy presa de los mismos miedos y frustraciones. ¿No me puede llevar la vida a otro lugar?

Suspiró.

–Pero en este momento, me siento un poco mejor. Realmente tengo que agradecerte.

Ella simplemente sonrió de nuevo.

–No es sano que guardes todo eso para ti solo. ¿Por qué no intentaste hablar con alguien?

–No podía.

–¿Qué quieres decir?

–No era capaz de hacerlo. Todos se veían tan alegres y tan lejanos. Era como si ellos pertenecieran a otro mundo, al que puedo ver pero no me puedo acercar.

Se quedó mirando hacia las calles vacías.

–¿Te ha sucedido esto antes? –preguntó la joven.

–Sí… Pero creí que ya no me sucedería otra vez.

Ulises hizo una mueca agridulce.

–¿Alguna vez te has sentido así? –preguntó esta vez el muchacho.

–No exactamente. Pero sí algo parecido. Cuando me mudé a esta ciudad, extrañé mucho a mis amigos de España. Mas no te preocupes. Eso ya pasó. Tú eres quien necesita hablar en este momento.

La presencia de la joven era tan real, tan próxima. Todo lo demás se veía borroso, vago, difuso. Si algo del universo verdaderamente existía, ese algo tenía que ser ella. Su luz se alzaba sobre la niebla como un faro. Por un instante, Ulises pudo creer en que no siempre estará perdido.

Porque ni siquiera él mismo se sentía real; miraba sus propias manos reflejar tenuemente la luz y éstas parecían no estar allí.

–¿Por qué miras tus manos de esa manera?

–Es algo muy extraño –contestó el joven–. Desde hace meses, me parece que el mundo que vemos no es real. Mejor dicho, parece que no es auténtico, que es falso, que es una ilusión, tras la cual se oculta algo más…

Ella lo miró intrigada, a su vez.

–No sólo eso. He tenido últimamente sueños muy intensos. Y terribles. Sueños tan profundos y vívidos que aún mucho después de que despierto, los sigo sintiendo presentes.

–Dicen que los sueños, cuando son tan poderosos y lúcidos, no dicen más que la verdad, tal y como es.

–Después de todo lo que he dicho, debes pensar que estoy loco –añadió él.

–Un poco, pero, ¿es realmente terrible eso?

–En verdad, es un cumplido.

–Así se habla.

Ulises no pudo reprimir una sonrisa. Después, continuó con voz suave:

–Creo que, sólo cuando hablamos así, por un momento dejamos de estar… –dudó, buscando las palabras adecuadas.

–De estar solos –completó ella.

Ulises la miró, un poco sorprendido.

–Sé lo que quieres decir –añadió la joven–. Desde cierta perspectiva, todos los seres humanos estamos solos. Nuestras experiencias del mundo son completamente distintas. Nunca sabemos lo que realmente piensan los demás, ni decimos lo que realmente pensamos. Cubrimos con máscaras nuestros temores y alegrías. Una gran distancia nos separa y nos da miedo acortarla. Somos pequeñas islas en un enorme océano.

–Pero cuando hablamos así, –prosiguió la joven– cuando compartimos nuestras experiencias del mundo, cuando nos revelamos ante alguien como realmente somos, se forja un vínculo invisible y por un momento dejamos de estar solos en este mundo frío. Nuestros destinos se cruzan. Nuestras almas, por un instante, se tocan.

Él la miró a los ojos serenamente, como nunca había lo había hecho con nadie. Y la mirada de la joven era acogedora y abierta. Y en las profundidades de sus ojos había una luz. Este mundo no podía ser tan hostil y cruel si en él podía existir un ser como ella.

En el cielo, una nube se deslizaba lentamente, revelando unas estrellas y ocultando otras. El universo se desplegaba ante ellos con su belleza sobrecogedora. Abajo, el viento fresco agitaba las ramas de los árboles y mecía levemente los cabellos de la joven. Ulises recodaría esta noche por siempre.

2 comentarios:

gabo dijo...

excelente
sigue con la historia
me recuerda muchas cosas que he vivido

Mariana dijo...

Me gustó!!!!! Me gustó mucho la última parte, me parece que está bastante bien escrita y descrita...y expresa muchas cosas que todos sentimos...bueno al menos yo jajajaa...

Cuídate mucho Alberto, y espero que estés trabajando en la parte que sigue! jajajajja