miércoles, agosto 22, 2007

El Espectador (partes 6 y 7)

Siento haber tardado tanto en subir estas partes. Como es típico, nunca me gusta como quedan y me toma mucho tiempo decidir que ya no las trataré de mejorar. Más de la mitad de lo que falta ya está escrito provisionalmente. Tal vez convenga que den un vistazo a algún capítulo anterior para recordar. Espero sus comentarios.



El Espectador




VI

“Whilst the greater number of our nocturnal visions are perhaps no more than faint and fantastic reflections of our waking experiences… there are still a certain remainder whose immundane and ethereal character permit of no ordinary interpretation”.

Howard Phillips Lovecraft, Beyond the Wall of Sleep.

Abrió los ojos con sobresalto. Sentía un terrible mareo, mezclado con náusea. Alarmado, miró el reloj. Suspiró de alivio al percatarse de que sólo unos minutos habían pasado. Acto seguido, se incorporó y se alejó de la cama. No podía arriesgarse a que ocurriera de nuevo. Con los ojos un poco nublados y sudor en la espalda, abrió su mochila para terminar lo más pronto posible su trabajo pendiente.

Después de 5 horas de teclear, consultar libros, sentir que nunca acabaría, aborrecer su tarea y al maestro que la pidió, competir desesperadamente contra el tiempo, viendo cómo el color del cielo poco a poco perdía intensidad, y levantarse a caminar en círculos, para una y otra vez sobreponerse a la frustración y sentarse a continuar, envió su trabajo al maestro, apagó la computadora y se sintió por fin libre.

Respiró lenta y profundamente un par de veces, e inmediatamente después corrió a bañarse. Tenía tantas ganas de salir de su casa que no esperó a que el agua se calentara. Se secó y vistió rápidamente, se cepilló los dientes, se puso loción. Después, prosiguió a peinarse. Milagrosamente, su cabello se acomodó sin problema y al terminar, dejó el peine sobre la repisa, revisó sus bolsillos para confirmar que llevara lo necesario, bajó las escaleras y caminó hacia la sala.

La última luz rojiza entraba por las ventanas. El disco anaranjado del sol se ocultaba detrás de la colina. Ulises, horrorizado, contuvo la respiración…

No, aquello no era el sol.

Era la lámpara amarilla de la calle. Respiró de nuevo. Revisó sus bolsillos: Allí estaba la llave. ¿Qué había sucedido? Parecía imposible, pero por un momento había visto claramente el inicio de su extraño sueño… En realidad ya había oscurecido y la sala estaba en tinieblas, excepto por la acción del alumbrado público en la calle.

Apresuradamente, abrió la puerta, salió y la cerró de nuevo. Tenía que olvidarse del sueño. Comenzó a caminar, sin volver la vista a atrás. Leonor no vivía lejos y bastarían unos quince minutos a pie.




VII

“Sometimes I believe that this less material life is our truer life, and that our vain presence on the terraqueous globe is itself the secondary or merely virtual phenomenon”.

Howard Phillips Lovecraft, Beyond the Wall of Sleep.

Ulises caminaba por la banqueta. Las sombras de las casas y árboles se proyectaban bajo las lámparas amarillas. Un viento fresco mecía las ramas, haciendo vibrar lentamente sus siluetas en el suelo. Arriba, el cielo era negro y despejado, sin luna. Sin embargo, las luces hacían que las estrellas fuesen apenas visibles.

Salió a la avenida. Los automóviles viajaban raudos sobre las calles. Avanzó por la banqueta hasta llegar a un puente peatonal. Una vez arriba, cruzó sobre el estruendoso río de metal que fluía sobre el asfalto. Después de bajar, caminó hasta llegar a la entrada de una colonia, y alejándose del ruido de los autos, se adentró en el laberinto de casas.

Ahora caminaba al lado de una larga pared que cercaba una residencia particularmente grande. Un color crema, suave y liso, cubría sin variación la larga barrera, excepto por pequeñas distorsiones y puntos negros que caóticamente vibraban. No, lo que veía era las imperfecciones de sus ojos. Continuó caminando y se preguntó si alguien más notaba alguna vez los sutiles defectos de su propia vista.

Giró en una esquina y observó el cambio gradual de todos los ángulos. Un recuerdo se iluminó en su mente: Estaba en una de sus clases, esa mañana. La profesora había utilizado el proyector, que impactaba su luz sobre una pantalla blanca. El proyector estaba bien ajustado, y los colores se veían bastante nítidos. Sin embargo, bajo la imagen se notaban las curvas de la pantalla, las pequeñas manchas y arrugas del plástico…

Ulises observó las calles vacías, las casas pálidas, los coches estacionados, inclusos sus propias manos: Le parecía que el mundo no era real. La camisa siendo jalada por el viento, la luz del alumbrado público, el olor de la loción… Todas sus sensaciones parecían falsas, proyectadas sobre el velo que cubre La Realidad, si es que La Realidad siquiera existe. No era la primera vez que experimentaba esto. Cada vez que observaba con atención, cada vez que inspeccionaba el mundo, desde hacía muchos meses, le parecía que tal vez todo, absolutamente todo, era un engaño.

¿Se estaba volviendo loco?

La casa de Leonor estaba ya cerca. Ubicada en las faldas de un cerro, su colonia tenía una vista privilegiada sobre gran parte de la ciudad. Ulises subió una última pendiente, llegó hasta la casa y se detuvo a tomar aliento. Las luces de la ciudad destellaban a lo lejos, pero aquí arriba, la oscuridad reinaba casi por completo. Timbró. Después, miró fugazmente el firmamento. Unos segundos más tarde, alguien giró la perilla de la puerta.

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