sábado, junio 30, 2007

Taciturno despertar.

Impasible.

Una vez más me encuentro en tu cama, con tu cabeza dulcemente recargada en mi hombro, tu brazo danzando sobre mi pecho, y mi mano escritora acariciando tu cabeza. Sin palabras, te acerco más a mí, y escucho con atenta anticipación el ir y venir de tu calculada respiración. El ritmo constante me revela que ya no te encuentras junto a mí, sino que estás en otro mundo, en un Universo paralelo lleno de tecnicismos, falacias y deseos. Trepidante es el sonido de tu corazón, el tranquilizante palpitar de una máquina perfecta que rompe las leyes en su dinamismo instante a instante.

Inolvidable.

Repentinamente, mi tren de pensamiento da un giro inesperado, y los mementos de nuestra relación golpean con fervor envidiable mi conciencia. El primer vistazo, el segundo contacto, el tercer beso, la cuarta caricia, la quinta bienvenida, la sexta despedida, el séptimo abrazo, la octava palabra, y finalmente… el noveno silencio. Lentamente, los espasmódicos recuerdos fallecen y me permiten cerrar los ojos por primera vez en horas. Me dejo llevar, alienándome lentamente del mundo real.

Increíble.

Despierto exaltado, y consulto mi reloj. El tiempo avanza con desdén, condescendiente y agobiante en su eterno acelerar. Sin advertencia alguna, me siento lleno de color, mas no es un color vivo, no es un color que irradie felicidad y alegría. Es negro, es oscuridad, es penumbra altiva. Dentro de mí, la pasiva agresividad que dormía escondida ten los más burdos rincones de mi imaginación se levanta. Y me doy cuenta de que siempre estuvo ahí, paciente, al acecho del preciso momento en el que la realización de que tú te vas a donde no puedo seguirte se estrella en el que hasta antes pensé inalcanzable cenit de nuestra relación. Tú te encuentras soñando, sin perturbación alguna, pero te acecha la muerte.

Inconfundible.

Lleno de ira y angustia, pero utilizando la más tenue delicadeza, alzo tu brazo, lo alejo de mí, y lo coloco en tu costado. Sin enunciar palabra alguna, levanto la sábana y apeo mis pies de tu cama. El suelo es frío, pero mi ya cansada mente malinterpreta sus intenciones y manda terribles sensaciones a través de mi espalda. No puedo evitar temblar un poco al levantarme y comenzar a vestirme. Sin seguridad alguna, giro mi cabeza, para verte por última vez en vida con una serenidad que me deslumbra, una calma que anhelo y que sé, sin remedio, que jamás alcanzaré, pues está reservada para el final ulterior. Tu silueta debajo de la sábana es claramente distinguible, las suaves y delicadas líneas que describe tu cuerpo me imploran regresar hacia ti, hacia tu calor, tu tacto. Cual prestidigitador, ondeo mis brazos frente a mí, en un vano e infantil intento de eliminar el deseo que inspiras en el ente que llamo ‘yo’. Cierro los ojos.

Inalcanzable.

Como la sombra que nos persigue día con día, hora tras hora, y que solamente de noche se une con las miles de otras sombras que componen la falta de luz, mi enigmática paradoja me sofoca el alma. Mientras doy vueltas por tu habitación, lanzando vistazos dudosos a tu persona, recuerdo los buenos momentos, y los malos que los enaltecen. Entristecido y lleno de decepción y melancolía, tomo mis pertenencias y huyo de la alcoba. Al bajar de las escaleras no puedo evitar considerar otras opciones, otros caminos que sean más sencillos de recorrer. Busco la valentía de afrontar lo que está por venir, tu paso a un mundo fuera de este, y sin embargo, sé que mi última cobardía en este momento, en este justo instante en el cual miles de estrellas nacen y mueren e incontables más sufren e iluminan, es lo mejor para ambos.

A final de cuentas, después del cielo no hay equilibrio.

Irrepetible.

3 comentarios:

Moi Lolita dijo...

wow


saludos emilio

Aralóm dijo...

Es una historia dulce y triste, maravillosamente plasmada. No hay más qué decir.

Nausicaa dijo...

Ufff,recogiendo trocitos de mi corazon me he quedado.