sábado, junio 23, 2007

El Espectador (partes IV y V)

Como ha pasado mucho tiempo, tal vez sería mejor si repasaran rápidamente las partes anteriores (están en el mes de febrero). Apreciaría comentarios. Sin más preámbulo:


El Espectador



IV

“Es que el ‘¿quién soy yo?’ provoca necesidad. ¿Y cómo satisfacer la necesidad? Quien se analiza está incompleto”.

Clarice Lispector, La hora de la Estrella.

El despertador sonó.

Al principio, Ulises no comprendió qué sucedía. Emergía lentamente de la inconciencia. Sin pensarlo, cambió de posición en la cama y de pronto las sensaciones comenzaron a volver a él: el timbre agudo de la alarma, la textura de las sábanas, la cegadora ráfaga de luz al abrir los ojos. Apagó el despertador y entonces volvieron también la frustración y la decepción propias de su mundo. Sacando fuerza sin saber de dónde, se levantó y comenzó la fastidiosa rutina.

Llegando el momento de peinarse, miró sin ganas el espejo. Encontró un rostro somnoliento aún, con un corto y alborotado cabello negro. Las líneas blancas de canas comenzaban a invadirlo a pesar de sus veinte años. Le era difícil peinarse, aún cuando su cabello no se marcaba con las almohadas, como era el caso. Después de varios minutos desesperantes, se rindió y lo dejó así como estaba.

Llegó antes que cualquiera a su primera clase del día en la universidad. Así que desde el pasillo del cuarto piso, frente a su aula, observó la actividad en el campus.

Estudiantes y maestros caminaban en todas direcciones como hormigas, visibles entre los árboles, apareciendo o desapareciendo en los edificios. Unos albañiles remodelaban un grupo de aulas. Otros estudiantes bebían con calma su café, sentados en bancas junto a los jardines. ¿Pensaban ellos en su propósito? ¿Se preguntaban por qué estaban allí, como él lo hacía?

Miró en otra dirección. Un muchacho salía del centro de copiado. Una mujer entraba por la puerta lateral al edificio administrativo. Un pájaro picaba un trozo de galleta en el suelo. Al lado, sentados en una banca, un par de novios lo miraban. El muchacho le susurraba algo al oído y ella se echaba a reír. Después, éste se despedía y entraba a su clase, que estaba casi frente a la banca. La muchacha caminaba en otra dirección y un árbol la ocultaba de la vista. Ulises fijó su mirada en la banca vacía.

—¡Eh, Ulises! ¿En qué piensas?

—No, nada...— Contestó, sin saber qué decir.

—Siempre te veo mirando por allí. ¿Alguna chava?

—No, no. Sólo trataba de relajarme.

—¿No vas a entrar? El maestro ya llegó.

—No me di cuenta.

Después, caminaba por los pasillos hacia el aula donde tomaría la siguiente clase. Rebasó a una joven que llevaba una rosa. Al doblar en una esquina, casi se estrella con un par de novios agarrados de la mano, él cargando la mochila de ella. El amor se respira en el aire, pensó Ulises con una mezcla de fastidio, incredulidad, indiferencia y tal vez un grano de envidia. Para alguien que nunca había tenido novia, que ni siquiera se había acercado alguna vez a tenerla, todo eso resultaba sumamente ajeno y no se parecía en absoluto a la imagen idealista y probablemente irreal que él tenía.

—¡Ulises!

Fue cortado repentinamente de su tren de pensamientos.

—¡Leonor! ¿Cómo estás?

Su amiga de la preparatoria se acercaba. La saludó torpemente y ella, con una sonrisa, agregó:

—Siempre estás distraído, ¿verdad?

—Es mi estado natural— contestó. Y no pudo evitar una sonrisa de vergüenza.

—Hoy habrá reunión en mi casa, a las ocho.

Ulises se sintió aplastado por las responsabilidades y el entusiasmo abandonó su rostro.

—Espero que pueda ir. Tengo que terminar un trabajo y enviarlo hoy, aunque sea viernes. Ni lo he empezado, pero si logro terminar, seguro que voy.

—Así se habla. Suerte con tu trabajo y nos vemos en la tarde.

—Nos vemos…

Deprimido, entró a su clase. Era sumamente difícil que terminara el trabajo a tiempo, pero la idea de quedarse en casa el viernes en la noche era insoportable. ¿Qué sentido puede tener la vida si nunca la disfruta y todo lo hace por una supuesta satisfacción futura que tal vez nunca llegue? No importaba cómo, tenía que terminar ese trabajo temprano.

Después de su última clase, se dirigió a la avenida a que pasara su padre por él. Él no tenía carro, ni sabía conducir. Tampoco usaba el camión, porque no conocía las rutas.

Aunque había hablado poco o nada de ello, cumplir 20 años había sido un golpe duro. Su vida avanzaba cada vez más rápido y él sentía que no había hecho nada con ella. No tenía libertad, era prisionero de las circunstancias y peor aún, era prisionero de sí mismo. Era incapaz de cambiar hasta el más mínimo aspecto de su vida. Sentía que una corriente invisible lo arrastraba hacia una vida irrelevante y vacía; pronto sería imposible escapar. A menudo se sentía deprimido, la mayoría de las veces sin saber por qué, ni cómo solucionarlo.

Siempre que pienso en Ulises, lo recuerdo con su mirada perdida en algún lado, su cabello despeinado y con las canas que brotaban poco a poco. Puedo verlo claramente, recargado sobre el barandal del cuarto piso, o parado en la banqueta mirando al cielo. Él no había mentido al decir que ese era su estado natural, y sus amigos lo sabían muy bien.

Finalmente, su padre llegó por él. En el camino, surgió la inevitable pregunta, ¿cómo te fue? Acto seguido, Ulises contestó con su típico “bien”, tratando de aparentar algo de entusiasmo, aunque sin mucho éxito.

Después de comer, se dirigió a su cuarto para hacer la tarea urgente que tenía que terminar antes de las doce (o de las ocho) y enviar a la plataforma en línea de la universidad. Sin embargo, tenía sueño, y casi sin darse cuenta se acostó sobre la cama.

Miró al techo blanco. Las cortinas azules se agitaban por el viento fresco. Cerró los ojos. El reloj de la pared golpeaba cada vez más suave. El mundo se desdibujaba lentamente. No, no había tiempo para dormir. Tenía que empezar el trabajo ya.



V

La última luz rojiza del sol entraba por las ventanas. Ulises dejó el peine en la repisa, bajó las escaleras y caminó por el pasillo hacia la sala. Estaba listo. Desde el ventanal frente a él, contempló el disco anaranjado del sol ocultándose detrás de la colina. Arriba, el cielo despejado ardía, incandescente. Ulises sonrió. Después de todo, lograría salir de su casa antes de que oscureciera, aunque fuese justo antes. Llegó a la puerta de metal y giró la perilla. Jaló la puerta hacia él. Sin éxito. La puerta tenía llave, por supuesto. Metió la mano en su bolsillo. Nada.

Repentinamente, la luz falló: El sol se había ocultado. El mundo se ahogó en colores fríos, la sala se cubrió de sombra. Ulises miró a su alrededor. Los muebles perdían color, se tornaban grises. La mesita de madera reflejaba débilmente la luz. Los cuadros de la pared eran ahora sólo fantasmas oscuros. La llave no se encontraba en ningún lado. Miró al pasillo, pero ya no estaba. En su lugar, un muro áspero y gris cerraba la sala. Mientras lo contemplaba con aprehensión, sintió que la luz se debilitaba más.

Al voltear hacia la ventana, el miedo comenzó a rasgar sus vísceras: Como ramas de árbol, nuevos brazos de metal brotaban entre las barras de protección de la grande y única ventana. Crecían rápidamente, obstruyendo el paso de la luz. Un golpe metálico resonó a su derecha y Ulises vio que el vidrio de la puerta se había vuelto metal, como el resto de la puerta lo era. De nuevo, miró hacia la ventana, y cuando iba a desaparecer el último hueco, se aferró a la perilla de la puerta. Un momento después, todo fue negrura.

Paralizado de horror, se sostuvo de la perilla con toda su fuerza, para no perderse en la oscuridad. Entonces, encontró una pequeña luz. Entraba por el orificio para la llave. Puso su ojo frente a éste, y la luz bañó su pupila con fuerza sobrenatural. Un mundo, un universo completo yacía detrás de la puerta, pero él estaba encerrado en esta prisión oscura; no podía salir.

Desesperado, jaló la puerta con toda su fuerza. Jaló y jaló. Pero en vano. No, no podía quedarse encerrado. Intentó de nuevo. Un sonido de roce metálico raspó levemente sus oídos. ¿Se abriría la puerta? De improviso, la perilla se soltó. Ulises sintió, en cámara lenta, cómo la perilla se deslizaba fuera de la puerta y él, debido a su propio esfuerzo, caía de espaldas en la oscuridad. La luz desapareció. Él no encontró el piso. Caía de espaldas hacia un abismo sin fondo, ahogado en la nada.

2 comentarios:

Mariana dijo...

Me gustó bastante la parte V =D...esperaré lo siguiente

1gabo dijo...

Ambas partes son excelentes, muy buena narrativa