viernes, febrero 09, 2007

El espectador (Partes 0 y I)


En estos días me encuentro escribiendo (tratando de escribir) un texto más o menos extenso al que he llamado El espectador. Está separado en pequeñas secciones, de las cuales he escrito ya las primeras cuatro. Por la forma en que están separadas, se puede leer sección por sección sin que se pierda continuidad. Por lo tanto les presento ahora los primeros dos “capítulos”. Quería originalmente publicar los cuatro, pero serían unas cuatro páginas, así que decidí esperar un poco más. Espero que les agrade.




El espectador

Prólogo

Nota en un diario.

La ocasión en que he estado más cerca de morir ocurrió hace un mes. Y fue precisamente en esa ocasión cuando me di cuenta de que algo raro- y acaso grave- me estaba ocurriendo.

Era una tarde lluviosa y gris de octubre. Yo caminaba por la banqueta con mi paraguas. A mi alrededor, los charcos reflejaban la luz blanquecina del cielo nublado y los automóviles pasaban raudos, salpicando agua en todas direcciones. Salí a la avenida y caminé por el estrecho jardín que la separa del camellón.

Cuando avancé algunos metros, un árbol obstruyó mi camino. Rodeándolo con dificultad para no bajarme a la calle, continué mi camino. Después de unos pasos, me detuve. El pie derecho me dolía, y me agaché para aflojarme un poco las cintas del tenis. Es una coincidencia que haya mirado hacia atrás.

Un automóvil entró en la avenida a alta velocidad y derrapó por causa del suelo mojado. Casi indiferente, vi el auto deslizarse rápidamente. Como si fuese el espectador de una película, mi única reacción consistió en mirar el auto, siguiendo con la vista su trayectoria. Una señora que observaba del otro lado de la calle gritó. El auto finalmente recuperó el control y pasó zumbando a mi lado y lanzándome un poco de agua.

Yo, frágil peatón, no había sentido el peligro, ni miedo, ni había visto mi vida pasar frente a mis ojos. Sólo después comprendí el riesgo: El auto había derrapado todo el tiempo hacia mí. Sólo después de que todo había pasado, sólo cuando pensé de nuevo en ello, sólo al acostarme esa noche a dormir, sólo entonces sentí la angustia de poder morir en cualquier momento. Todo había pasado de forma tan difusa, tan ajena a mí, que cuando lo pensaba sentía que en ese mismo momento, sentado en la cama, mirando estupefacto a la pared blanca, podía estar muerto.

Fue hasta después de aquel incidente que me di cuenta de que estaba perdiendo el contacto con la realidad. Una niebla intangible desdibujaba el mundo, me aislaba, cortaba mi contacto con los demás, ahogándome en un mar negro de sombras e incertidumbre.

Tal vez todos vivimos en un espejismo. Tal vez todo es un sueño, una red de ilusiones desordenadas cuyo encanto y coherencia sólo se rompen cuando salimos de uno para entrar en otro. Tal vez cuando nos alejamos de la marea revuelta de los sentidos, cuando ignoramos las impresiones en nuestros ojos o nuestras manos, no nos estamos perdiendo, sino nos estamos acercando a la verdad. Tal vez no.

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I

"But high she shoots through air and light,

Above all low delay,

Where nothing earthly bounds her flight,

Nor shadow dims her way."

Thomas Moore, Oh that I had Wings


Despertó sobre una cama distinta en un cuarto lujoso y espacioso. Al frente de la cama estaba la única fuente de luz: El balcón con las puertas abiertas. Una fuerte ráfaga penetraba la habitación y agitaba las cortinas. Se levantó y salió al balcón.

El cielo estrellado cubría la ciudad como un manto. Él estaba en una torre blanca, sostenida en el centro de la ciudad, al menos cinco veces más alta que cualquier edificio. Desde el barandal, veía destellar las luces a los pies de la torre y hasta el horizonte: un segundo cielo, sólo con colores. Mientras miraba, el flujo turbulento del viento lo empujaba en diversas direcciones.

Se puso de pie sobre el barandal y abrió los brazos. Miró hacia abajo, y se dejó caer como ave que planea. Sentía el fuerte viento en la cara. Veía la ciudad acercarse lentamente. No sentía vértigo. Podía cambiar su dirección, desplazarse hacia donde quisiera. ¡Volaba!

Admiró la ciudad desde lo alto. Con sus luces de colores; algunas estáticas, otras en movimiento. Los edificios, pequeños allá abajo. El mundo era este fluido oscuro, este aire negro, salpicado de destellos en cualquier lugar que sus ojos alcanzaran. Trompetas inaudibles entonaban su triunfo. Por primera vez se sentía libre, libre de ser lo que él era.

Con el poderoso viento en la cara, con esta nueva capacidad de vuelo, torció su camino y se dirigió a la búsqueda de algo. La presencia de este algo lo atraía. Se sentía tan inminente, tan palpable, pero a la vez, tan lejos… Allí estaba aquello que siempre había buscado. Trató de acelerar en esa dirección, de lanzarse como flecha hacia donde sentía esa presencia…

Repentinamente le faltó impulso. Sintió el silencio de la premonición, el silencio del miedo. Entonces se percató de que no volaba. Caía. Volar tal vez había sido una ilusión. No avanzaba hacia adelante. Lo asaltó un terrible vértigo. Los huecos entre los edificios parecían insondables abismos. Se precipitaba libremente y cada vez más rápido, girando por la turbulencia del viento. Era insoportable. Le faltó el aliento para gritar de terror. Y la ciudad, rotando hacia todas direcciones, se acercaba cada vez más, cada vez más…

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